Una breve introducción

Con la serie La ley de Lambert-Beer os invito a vosotros lectores a descubrir el mundo del laboratorio clínico: qué profesionales trabajamos, qué máquinas empleamos, cómo las hacemos funcionar.

 Y mucho me temo que al conocer el laboratorio real os llevéis un pequeño desengaño. Un amigo que me preguntó sobre mi trabajo me imaginaba con traje de astronauta y gafas de protección, propios de los laboratorios de bioseguridad de nivel 4 que  investigan con virus como el Ébola. Otro amigo me hablaba de erlenmeyers (una de mis palabras favoritas, siempre me ha gustado como suena, me recuerda al ding-dong de una campana), pero la realizad es que no los he vuelto a utilizar desde que salí de la facultad.

El laboratorio de análisis actual, al menos los más grandes, se parecen a las cadenas de montaje de automóviles: tubos identificados con códigos de barras (que son las muestras de los pacientes), entran por un extremo de una cadena y circulan por ella hasta las máquinas que se encargan de realizar los análisis para, una vez finalizados, salir por el otro extremo y ser conducidos a una seroteca donde podrán guardarse y recuperarse en caso de que se necesiten de nuevo. Todo funciona con la intervención de la informática. Bueno, si no todo, casi todo. Aún hay algo de trabajo para los técnicos, facultativos y demás personal del laboratorio. Aunque ya no realizamos propiamente las reacciones químicas (eso lo hemos dejado para las máquinas) sí que somos necesarios para controlar que todo el proceso funcione y garantizar que los resultados que llegan al informe del paciente son los correctos. Porque a veces las lecturas que nos dan las máquinas no son correctas y hay que saber verlo. Como me aleccionaba la hematóloga con la que trabajé un tiempo  “las máquinas saben más pero nosotras somos más listas” (la máquina puede ser más exacta contando leucocitos que mi ojo observando al microscopio pero yo puedo distinguir cuándo la máquina se equivoca).

Quizás he sido demasiado contundente en mi descripción del laboratorio. Debo reconocer que no todo son máquinas. También hay espacio para las poyatas. Sobre ellas, los técnicos pueden trabajar con sus manos, si bien no con pipetas de vidrio y peras de goma sí con micropipetas automáticas de puntas de un solo uso. En tubos de plástico, pipetean, vortean, dispensan… rememoran en pequeña escala lo que era el trabajo del químico del siglo XIX.

Así pues, tras esta introducción a lo que es el laboratorio del siglo XXI, os animo a seguir los diferentes capítulos de la serie, para descubrir con cada uno de ellos la ciencia del laboratorio.