La devolución de un favor

En la isla de Santa Cruz, en puerto Ayora,  encontré un alojamiento encantador: un amplio jardín donde se levantaban casitas sencillas de una sola planta destinadas a las habitaciones para los huéspedes; una casita algo mayor era donde vivía la familia que lo regentaba, una madre y sus dos hijos, y otro de los cuartos era la cocina, que podíamos usar los huéspedes. En el jardín, entre árboles frutales y plantas de flor, había una gran mesa de madera, y era mi sitio favorito para tomar el desayuno, descansar y planear las excursiones.

En cuanto me sentaba se acercaban los pinzones; eran tan atrevidos que se posaban en la mesa donde tomaba el café, tan cerca que si hubiera querido los habría podido agarrar con las manos. Pero no me atrevía a molestarlos: para mí, una bióloga, era como recibir la visita de unos personajes ilustres, pues estos pájaros son ni más ni menos los que inspiraron a Darwin la teoría de la evolución.

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De clubs de lectura y buzones balleneros

Hoy es 15 de marzo, día 2 del confinamiento en casa. Esta mañana he tomado un vermut on line con los compañeros del club de lectura, cada uno en su casa, con sus olivas, su copa de vino, refresco o cerveza: una buena manera de hacernos sentir acompañados.

Mientras me hacía la comida me he asomado a la ventana de la cocina, a mirar el mar por el espacio que dejan los tejados y a sentir el sol en la cara; las nubes se movían empujadas por una suave brisa, y una me ha recordado la cabeza de una tortuga, y me he sentido transportada por un instante a las Galápagos, donde tumbada en la arena de playas solitarias me entretenía contemplando el cielo y observando las formas caprichosas que adoptaban las nubes, que eran siempre de animales. Así que ahora que dispongo de tiempo contaré la historia que me quedó pendiente, sobre barcos balleneros, clubs de lectura y la intervención de la Fortuna. Continúa leyendo De clubs de lectura y buzones balleneros

Mi destacado de Naukas Bilbao 2018: “Os voy a contar una historia”, por Carlos Briones.

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Llega septiembre y con él la cita ineludible en Bilbao. Desde que descubrí Naukas hace ya cinco años que no fallo a la cita: unas veces me he pedido fiesta en el trabajo para llegar a la sesión del viernes y otras no he tenido más remedio que tomar el primer vuelo del sábado, que me deposita en la ciudad con los primeros rayos de sol y me permite llegar cuando la cola empieza apenas a formarse y aún acallar mi estómago con un necesario desayuno. Durante estos años he visto a Naukas crecer, trasladarse desde el modesto paraninfo de la Universidad al impresionante auditorio del palacio Eukalduna, con capacidad para más de dos mil personas.

Naukas son charlas de 10 minutos sobre ciencia, contadas por científicos, aderezadas con humor e imaginación. Aunque es inexacto definirlas como simple charlas, porque a veces se cantan, se representan o se juegan con el público. Y aunque hay eventos parecidos lo que hace únicas a las charlas de Naukas es que el rigor y profundidad de los temas tienen igual peso que la diversión y el espectáculo. No hay tema que no pueda abordarse, parece que tanto mejor cuanto más complicado, arriesgado o aburrido pueda parecer: mayor es la satisfacción al conseguir que el público lo entienda y se divierta: historias de  muerte de las estrellas, de astronautas que comerán flores, de la imposibilidad de ser imparciales, de cómo cabrear a un matemático, de ciencia LGTBIQ, de cómo nos van a salvar la vida, del spin, de pelotas, de murcianos…Y es también reflexión sobre el papel de la ciencia, el pasado y el futuro de la humanidad.

Y lo mejor de Naukas Bilbao es que no acaba cuando finaliza la última charla: te llevas a casa a los divulgadores que has descubierto, empiezas a mirar sus blogs, sus videos o charlas y buscar sus libros en bibliotecas y  librerías, y a los veteranos que ya conocías les acabas admirando aún más.

En Naukas 2018 he escuchado de nuevo muy buenas charlas, pero si tuviera que escoger una es la de Carlos Briones. Porque a pesar de ser una historia conocida nos la contó como nadie la había contado, porque fue como pasar de ver la televisión en blanco y negro a verla en color, porque el discurso no tenía una sola palabra de menos ni una pausa de más. Porque fue ciencia y arte reunidas en perfecta armonía, el ejemplo perfecto de cómo la ciencia puede llegar a emocionar. Disfrutad de la charla: Os voy a contar una historia