De clubs de lectura y buzones balleneros

Hoy es 15 de marzo, día 2 del confinamiento en casa. Esta mañana he tomado un vermut on line con los compañeros del club de lectura, cada uno en su casa, con sus olivas, su copa de vino, refresco o cerveza: una buena manera de hacernos sentir acompañados.

Mientras me hacía la comida me he asomado a la ventana de la cocina, a mirar el mar por el espacio que dejan los tejados y a sentir el sol en la cara; las nubes se movían empujadas por una suave brisa, y una me ha recordado la cabeza de una tortuga, y me he sentido transportada por un instante a las Galápagos, donde tumbada en la arena de playas solitarias me entretenía contemplando el cielo y observando las formas caprichosas que adoptaban las nubes, que eran siempre de animales. Así que ahora que dispongo de tiempo contaré la historia que me quedó pendiente, sobre barcos balleneros, clubs de lectura y la intervención de la Fortuna.

La historia empezó cuando hace quizás un año me reuní con Emilio, un compañero del club de lectura de ciencia ficción y fantasía, para que me contara sobre las Galápagos. Había quedado con él en el bar de la biblioteca porque me estaba planteando el viaje a las Galápagos, y él había ido no hacía mucho (como tiene costumbre en sus viajes, nos había mandado fotos al grupo de whatsapp del club y me había quedado impresionada de las maravillas que mostraban).  Pero tenía mis dudas ya que en la mayoría de comentarios que había leído en internet hablaban de que era un viaje especialmente caro y que hay pocas opciones si uno quiere viajar por su cuenta. Así que esperaba que Emilio me diera su opinión. La verdad es que me desanimó un poco, sí que es un lugar único y espectacular pero también es cierto que  que para casi todo hay que pagar, que quizás hay otros sitios donde puedes disfrutar tanto de la naturaleza y salen más económicos.

Afortunadamente no les hice caso, ni a uno ni a otros. No descarté la idea sino que seguí leyendo blogs de viajeros para ver la posibilidad de visitar las islas por mi cuenta  (Emilio había visitado el archipiélago en un crucero, algo que yo tenía claro que no haría, porque quería descubrir las islas desde tierra, a mi aire y en contacto con la gente local), hasta que me topé con un precioso libro Galápagos, las islas que caminan, editado por Next Door Publisher, el relato de un viaje de dos amigas que nos narran y nos dibujan los paisajes áridos, los animales imposibles y los pequeños descubrimientos que hacían en sus paseos, a modo de los exploradores de un nuevo mundo. Ellas se enamoraron de las islas y yo acabé por decidirme porque quería hacer su mismo viaje, a mi aire, lento, con tiempo para saborear los paisajes, escuchar la naturaleza, oler el mar, tumbarme junto a los lobos marinos, observar las nubes… y también para dibujar todo eso.

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Emilio es escritor, no de oficio pero sí de alma. Le gustan las historias y le gusta llegar al fondo de las cosas. Nos reunimos una segunda vez cuando yo ya me había decidido y me contó una historia sobre un antiguo buzón ballenero y sobre el servicio de correos:

Resulta que en una de las islas del archipiélago de las Galápagos hay un singular buzón que no funciona con sellos. Tiene su origen en la época en que barcos balleneros recorrían este archipiélago. Como las campañas balleneras eran largas, 3 o 4 años navegando por los mares en busca de los grandes cetáceos, los marinos no tenían forma de comunicarse con sus familiares, por eso en este barril de madera dejaban sus cartas, cuando un barco pasaba por allí de regreso a casa cogía las misivas allí depositadas y las entregaba a sus destinatarios. Hoy en día la costumbre se mantiene pero ha cambiado un poco el guión. Ya nos son los balleneros los escritores sino los turistas. Dicen que dejando una carta en el buzón, cuando pasa por allí otro turista de la misma ciudad la puede coger, el compromiso es entregarla en mano al destinatario.

Le prometí que si visitaba la isla donde estaba el buzón depositaría una carta para mis compañeros del club, a ver si el sistema funcionaba.

El me prometió a su vez que me mandaría tres cartas a Ecuador, que me las haría llegar por el sistema del poste restante: una modalidad que sirve para mandar una carta a una persona cuando no conoces su dirección exacta o ésta no tiene una dirección fija. Basta con poner su nombre en la carta, una ciudad e indicar poste restante: mandarán la carta a la oficina de correos de esa ciudad y el destinatario sólo tiene que pasarse por allí a recogerla. Quedamos en que me mandaría las cartas a Tena, Quito y Santa Cruz, tres ciudades por las que seguro pasaría aunque no sabía exactamente cuándo. Sería una manera de comprobar que el poste restante seguía vigente.

El 12 de octubre marché para Ecuador. Empezaba mi aventura de dos meses por el continente y el archipiélago de las Galápagos. Emilio cumplió su palabra, antes salir me dijo que ya había echado las tres cartas a correos.

El primer día que fui a Tena (mi primer fin de semana libre en AmazoOnico) busqué la oficina de correos. La encontré tras preguntar a varias personas. Entrar en la oficina fue como retroceder a la época de en los comienzos de la aparición de la informática: un mostrador con un ordenador viejo, un funcionario dormitando en su silla y detrás estantes con algunos fajos de cartas y paquetes. El hombre se alegró de verme -seguramente yo era primera persona que entraba en la oficina en el día, y probablemente también sería la última-. Le expliqué que venía a recoger una carta a mi nombre, que no ponía dirección concreta, sólo poste restante. Para mi extrañeza asintió y fue a revolver entre las pocas cartas allí almacenadas. La carta no estaba. Me preguntó cuándo la habían mandado, pues las cartas tardaban entre 15 o 20 días en llegar. Como apenas había pasado algo más de una semana le comenté que volvería más adelante. En mi próximo fin de semana libre volví a la oficina y, tras el saludo, las preguntas y las búsquedas en los estantes medio vacíos, apareció con mi carta.

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La misiva contenía la primera parte de un cuento que me enviaba Emilio, tendría que recoger las otras dos para saber cómo continuaba la historia. Pero las otras dos cartas nunca las pude recoger: cuando pasé por la oficina de Santa Cruz no la tenían (me dijeron que en Galápagos las cartas tardaban en llegar más de un mes) y en Quito la oficina central de correos me quedaba muy lejos de los sitios por los que me movía, y ni lo intenté.

Ahora me tocaba a mí cumplir mi parte del trato. No tenía claro en qué isla estaba el buzón ballenero, Emilio me había dicho San Cristóbal pero no había leído el dato en mi guía. Así que cuando estuve en San Cristóbal, la primera isla a la que llegué, pregunté si conocían el buzón ballenero. No sabían de qué hablaba. Me imaginé que Emilio se habría confundido y el buzón estaría en Santa Cruz, pues es la isla principal y más turística. Cuando dos días más tarde llegué a Santa Cruz pregunté en la oficina de turismo y también en mi hostal,  pero en ambos sitios me respondieron que no conocían la existencia de este buzón.  Vaya, así que iba a quedarme sin poder enviar la carta.

Estaba finalizando mi estancia en Santa Cruz y aunque había decidido no hacer más tours organizados por lo caros que eran, pensé que luego me arrepentiría si no hacía la excursión a la Isla Bartolomé, pues es uno de los tours más populares y donde puedes contemplar el paisaje más célebre del archipiélago. A mi pesar, en la agencia de viajes me informaron de que la excursión estaba llena y me ofrecieron como alternativa la Isla Floreana. Yo no estaba muy convencida porque el trayecto es casi de 2 horas ida y 2 horas vuelta, pero la chica de la agencia me dijo que me gustaría y me empezó a dar detalles de la excursión, y me habló del buzón de los antiguos balleneros. ¡Así que está en Floreana! Fue lo que acabó por convencerme.

Esa misma noche escribí la carta a mis compañeros del club de lectura: puse el nombre de Sheila, la bibliotecaria que coordina el club y la dirección de la biblioteca, pues pensé que sería un sitio más fácil de entregar a destino si algún turista la recogía.

Desembarcamos en el puerto de Floreana, donde vive la única población habitada, un asentamiento con unas pocas casas y solo una carretera asfaltada. Durante el viaje en el barco le había comentado a nuestro guía que quería ver el buzón de los balleneros pero, puesto que no le vi muy predispuesto a ayudarme, al bajar al puerto me acerqué a uno de los lugareños y le pregunté por el buzón. Me explicó que en el puerto había una réplica pero que el verdadero buzón estaba en la costa norte, a varios kilómetros de allí. Seguramente es parada habitual de los cruceros pero si venimos en ferry desde Santa Cruz no se llega hasta allí. ¡Oh, así que después de todo no voy a poder llegar! El hombre debió de ver mi decepción en mi cara porque se apresuró a añadir que él se dirigía hacia allí y podía echar la carta por mí. Yo no estaba muy convencida, ¿Pero el buzón funciona? ¿Y no necesita sello? El hombre me respondió que sí a todo y al final se la entregué. Después de nuestra excursión por la isla, antes de embarcar de nuevo hacia Santa Cruz, me acerqué al falso buzón del puerto y le hice una foto. Se la mandé a los compañeros del club por whatsapp diciendo que les había mandado la carta pero no tenía muchas esperanzas de que llegara porque ni siquiera la había podido depositar en el buzón verdadero.

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A la semana de regresar a Barcelona, Álex, que lleva nuestro club de lectura, me reenvió un mail de Sheila, diciendo que esa mañana un chico se había acercado a la biblioteca explicando que venía de las Galápagos y que tenía una carta para la biblioteca, en concreto para Sheila, que había encontrado en esa isla remota, de en  un buzón que llamaban de balleneros. Imagino la cara de Sheila en ese instante, porque ella no sabía nada del asunto. Respecto al chico, de nombre Javier, le llamó la atención mi sobre porque había escrito Club de lectura de ciencia ficción, y resulta que él es aficionado a la lectura y en concreto a este género. Cuando llevó la carta a la biblioteca se interesó por nuestro club y quiso apuntarse. Así fue como Javier, el chico de las Galápagos, entró en nuestro club: gracias a una carta que no llevaba sello, que no deposité en ningún buzón y que mandé desde una remota isla que no tenía intención de visitar.

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