Islas Galápagos, la llegada.

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Desde el primer momento las Islas Galápagos te dejan noqueada: ya puedes haber visto fotos y ya te pueden haber contado como son,  que nada te prepara para lo que vas a ver y sentir aquí. A mí me sucedió en cuanto salí a dar una vuelta recién aterrizada en San Cristóbal. En unos pocos pasos desde mi hostal llegué al malecón y allí me topé por primera vez con los lobos marinos, dormitando al sol. La sorpresa no fue tanto por contemplar unos animales que nunca había tenido ocasión de ver en libertad sino por el hecho de constatar que hacían su vida ajenos al trasiego de los humanos. Pronto descubrí que este comportamiento es común a todos los animales que habitan aquí, hasta el punto de que hay que vigilar de no pisarlos o no chocar con ellos. Su falta de temor se explica porque nunca han tenido depredadores, ni siquiera los humanos. Pero aun sabiéndolo no dejaba de sorprenderme  y maravillarme, porque ¿en qué otro lugar del mundo los animales no tienen miedo de los humanos?

Esa primera tarde me encamino hacia el centro de interpretación del Parque, apenas a medio kilómetro de Puerto Baquerizo. El sendero se adentra a través de un inexpugnable bosque de ramas y troncos blancos y desnudos como huesos, que se extienden hasta donde alcanza la vista. Más que un bosque me parecía estar adentrándome en un camposanto, y los árboles ser esqueletos a punto de despertar. Sobre el blanco aparece de tanto en tanto el punto amarillo-limón de un canario o el negro hollín de un pinzón. Y sobre las piedras, manchas oscuras con forma de iguanas marinas y pequeños trazos salpicados de rojo  que son lagartijas de lava.

Tras visitar el centro continúo el sendero hacia Cerro Tijeretas. Aunque pronto me desvío hacia la playa de Punta Carola, donde bañistas y lobos marinos somnolientos y ávidos de sol comparten la arena. Saco fotos para tener registrada esta plácida convivencia y me doy un baño. Me dirijo a unas rocas cercanas, donde veo una pareja de turistas que, cámara en mano, va tras un objetivo que no consigo descubrir, así que me acerco. Allí, ocultando la cabeza entre las alas, un pelícano café. Cuando doy por terminada la sesión de fotos me doy cuenta de que es tarde para llegar a Cerro Tijeretas a ver la puesta de sol, así que decido quedarme a contemplarla desde las rocas. El cielo y el mar ya se han teñido de amarillos, ocres y naranjas y unos cuantos turistas se han reunido para contemplar el espectáculo del sol hundiéndose en el Pacífico. Entonces los distingo, recortados sobre el fondo amarillo; y aunque no los he visto antes los reconozco por sus patas: son dos piqueros de patas azules. Inmóviles, como si alguien les hubiera ordenado colocarse allí para redondear la escena. Cuando finalmente el sol se hunde en el mar el rojo intenso de docenas de cangrejos inunda las rocas.

Regreso rápido para que no me coja la noche en el camino, porque no hay iluminación y no llevo linterna. Creo que ya he tenido bastante por hoy. O quizás demasiado, porque me siento saturada de tanta belleza. No imaginaba que sería así cada día, que cuando creería haberlo visto todo en cada paseo siempre me esperaría un nuevo descubrimiento, y al final del día serían tantos que habría perdido la cuenta.

Porque las Islas Galápagos son una sorpresa a cada paso, una irrealidad maravillosamente real.  Son tan bellas que hasta duele y no puedes dejar de sentirte enormemente privilegiada por estar aquí.

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