Revolución se escribe en femenino

 

 

jane_goodall

 

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Mis dos científicos preferidos son mujeres: la primera es la primatóloga Jane Goodall, a quien vi y escuché por primera vez en una conferencia en el Cosmocaixa. Fue una de esas charlas que cambian tu marco de referencia y de las que sales con ganas de cambiar el mundo. Sus palabras inspiran y contagian una energía que contrasta con su aparente fragilidad. Si asistís a una de sus charlas entenderéis de lo que hablo.

La otra es Lynn Margulis. Yo no oí hablar de ella hasta tercero de Biología, en una asignatura optativa que tenía el nombre de Ecología Microbiana. La estudiamos como la autora de la teoría, llamada endosimbiosis, que explica el origen de la célula eucariota y de algunos de sus orgánulos. Recuerdo que me pareció una idea sumamente bella, por ser tan novedosa como sencilla. Y ahora sé que ni siquiera me la contaron en su entero significado ni la comprendí plenamente. Hoy en día, a duras penas a los estudiantes universitarios de ciencias se les enseña esta versión edulcorada que no capta el fondo de la cuestión.  Para el resto de personas, Lynn Margulis sigue siendo una completa desconocida.

Las dos científicas no lo tuvieron fácil. Tuvieron que hacer oír sus ideas en un mundo  masculino y demasiado ortodoxo: cuando Goodall volvió de Gombe y fue a Cambridge en 1962 para explicar sus descubrimientos, no fue bien recibida por los académicos, que criticaron, entre otras cosas que hubiera puesto nombres a los chimpancés en vez de números. El peor de los pecados, antropomorfizar el objeto de estudio -hoy en día es una práctica común entre etólogos que trabajan con mamíferos superiores.

Jane and Fifi, Gombe National Park, Tanzania

Margulis, por su parte, tuvo que vérselas con el todopoderoso neodarwinismo imperante. La simbiosis entraba en conflicto con los principios básicos de la síntesis neodarwinista según la cual la selección natural se ejercía sobre el cambio gradual resultante de la mutación, y donde lo único que importaba, en la herencia, era el núcleo de la célula (que contiene los cromosomas). Desde el punto de vista de la herencia el citoplasma (todo lo que no es el núcleo) de una célula puede ser ignorado sin riesgo, había escrito el prestigioso genetista T.H. Morgan.

Quizás el hecho de ser mujeres influyó en la manera de ver las cosas. Leakey escogió a mujeres, Goodall, Fossey y Galdikas para los estudios de los primates, porque consideraba que las mujeres estaban mejor preparadas por su empatía, paciencia y perspicacia. Durante su estancia en Gombe, Goodall realizó uno de los mayores descubrimientos  sobre los chimpancés pero también sobre los propios seres humanos: observó cómo uno de los individuos, que había denominado David Greybeard, quitaba hojas a las ramitas para diseñar una herramienta con la que cazar en un nido de termitas. Hasta entonces se pensaba que sólo los seres humanos fabricaban herramientas. Cuando llamó a Leakey para contárselo, éste contestó: ahora deberíamos redefinir herramienta, redefinir hombre o aceptar a los chimpancés como humanos.

Para Margulis, la idea de que en una célula sólo importe el núcleo, le parecía demasiado simplista y arrogante, y no sólo por razones académicas. Por constitución, ha escrito la científica, yo no estaba más inclinada a centrarme de forma monomaníaca en el núcleo celular que a ser una esposa satélite en una familia nuclear. (Y eso que su marido era ni más ni menos que Carl Sagan).

Al igual que Goodall, Margulis poseía también una gran capacidad de observación, pero su objeto de estudio eran los habitantes más pequeños de la Tierra, las bacterias. Y, así como en Goodall y sus métodos poco convencionales  influyó el hecho de que careciera de una formación académica superior, en Margulis resultó determinante su amplio conocimiento en muy diversas áreas de estudio: geología, genética, biología, química, embriología y paleontología. Esto le proporcionó sin duda una perspectiva de lo vivo muy poco usual, pues son pocos los científicos que no están encajonados en su disciplina.

Margulis encontraba fascinantes las bacterias. En un sentido nada trivial, son los seres más evolucionados del planeta. La vida sobre la Tierra apareció hace unos 3.800 millones de años, y durante los siguientes 2.000 millones de años sólo hubo bacterias. Sólo entonces aparecieron las primeras células eucariotas (las células propias de los animales, las plantas y todos los seres vivos que no son bacterias).

Las células eucariotas son muy diferentes de las células bacterianas  o procariotas. En primer lugar, poseen un núcleo, una esfera envuelta en membranas que contiene el genoma de la célula. (Las bacterias también tienen genoma, pero consiste generalmente en una sola molécula de ADN que anda suelta por la célula sin membranas que la separen del resto). La célula eucariota posee además diversos orgánulos separados por membranas, como las mitocondrias (en todos los animales incluidos nosotros, y que son las fábricas de energía) o los cloroplastos (en vegetales, que llevan a cabo la fotosíntesis). Pese a ser tan diferentes bacterias y eucariotas, no hay evidencias de una transición gradual entre ambas. Uno o es una bacteria o es un eucariota, no queda otra.

El neodarwinismo, con su premisa de cambio necesariamente gradual y lento, (por la acumulación de mutaciones) era incapaz de ofrecer una explicación válida para este fenómeno. Hasta que llegó Lynn Margulis.

Margulis propuso la teoría de la endosimbiosis seriada según la cual la célula eucariota surgió de simbiosis entre bacterias distintas, individuos de vida libre que en vez de tragarse uno al otro decidieron unir sus esfuerzos aportando al conjunto lo que mejor sabía hacer cada uno (uno se encargaría de remar, otro digeriría el alimento, otro realizaría la fotosíntesis).  Aún hoy podemos ver los restos de esas bacterias primitivas en las actuales mitocondrias y cloroplastos de nuestras células.

simbiogenesis

La teoría de la endosimbiosis encontró una fuerte oposición en la comunidad científica (el manuscrito fue rechazado quince veces por varias revistas). No fue aceptada hasta que más de una década después pudo demostrarse que el material genético que contienen las mitocondrias y cloroplastos es más cercano filogenéticamente a las bacterias primitivas que al del propio núcleo celular. Los neodarwinistas no tuvieron más remedio que encajar la endosimbiosis en su descripción de la evolución, pero en su versión simplista y que es la que explican los libros de textos: la endosimbiosis como un fenómeno excepcional (en el significado de poco frecuente) en la evolución que originó algunos de los orgánulos de la célula eucariota pero, después de todo, el cuerpo principal de la célula, sigue siendo el producto del gradualismo más ortodoxo.

Margulis tuvo que batallar hasta el momento de su muerte por transmitir y convencer para que se aceptara la verdadera esencia de su teoría: la célula eucariota no es el producto del gradualismo darwiniano más o menos matizado por una o dos simbiosis puntuales, es el producto de la simbiosis y punto. Porque la simbiosis no es un mero accidente en la evolución sino que es el motor de la misma.

Durante una entrevista, le preguntaron a Margulis por qué la teoría de la endosimbiosis inspiraba tanta hostilidad entre los científicos, a lo que ella contestó:

Hay un montón de razones, algunas tienen que ver simplemente con nuestra manera de hablar, y otras tardé años en verla porque me enseñaron el mismo lenguaje que emplea todo el mundo.

La entrevista proseguía:

¿Qué es lo que a la gente no le gusta de la simbiosis?

Es femenina -contestó Lynn-. Es cooperativa, y no competitiva. Para quienes han estudiado la evolución, la palabra que siempre aparece al referirse al darwinismo es la de lucha o competencia. En parte, se debe a los términos elegidos para exponer las versiones más simplistas de la teoría de la evolución. Quizás la resistencia a la teoría tiene que ver con la necesidad de un cambio de vocabulario.

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