Los últimos gigantes de Europa

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Hace 70 millones de años la zona donde hoy se levantan los Pirineos era una zona costera, de aguas poco profundas y salobres -todavía no se había levantado la cordillera, lo haría algunos millones de años más tarde-. El clima era subtropical y la vegetación abundante, porque el supercontinente Pangea  nos  mantenía cerca del Ecuador. Hace 70 millones de años se paseaba por entre estas marismas un gigante que superaba los 15 metros de largo, con un cuello y una cola desmesuradamente largas, de alimentación herbívora y andar cuadrúpedo. Era un representante de uno de los mayores dinosaurios que existieron, los titanosaurios.

En su despacho del Institut Català de Paleontologia Miquel Crusafont (ICP), en Sabadell, el investigador Àngel Galobart sostiene con ambos brazos una réplica de una escápula (u omóplato) de uno de aquellos titanosaurios. La pieza original se halló en el yacimiento de Orcau, de donde proceden otros huesos del animal y la pieza más famosa, un cuello entero de titanosaurio, que llaman el coll d’Orcau y que se expone con sus más de 5 metros en el Museu de la Conca Dellà de Isona (Pallars Jussà).

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El camino que tuvo que recorrer el fósil para acabar en el museo no fue fácil, ya que permaneció en el olvido durante más 60 años, desde que fue descubierto en la década de los 50 en el yacimiento de Orcau, por el paleontólogo alemán Walter Khüne,  hasta el año 2014, en que investigadores del ICP y la Universidad de Zaragoza lo redescubrieron y acabaron de extraerlo. Enterrado permanecía el cuello prácticamente entero, que medía más de 5 metros de largo. Para poder levantar la pieza y transportarla al museo se hubo de traer una enorme grúa. El cuello del titanosaurio era la pieza más grande que se había recuperado nunca en toda Europa. Los paleontólogos del ICP investigaron también dónde habían ido a parar los otros huesos del animal que Khüne había extraído, y finalmente los descubrieron en el Museo Nacional de Ciencias naturales de Madrid. Las pidieron en préstamo y así consiguieron exponerlas tal y como se ven actualmente en el Museu de la Conca Dellà.

Galobart es el responsable del Grupo de investigación del Mesozoico del ICP, ese período que se extiende desde los 252 y los 66 millones de años, marcado por las dos grandes extinciones masivas, la del final del Pérmico y la que acabó con los dinosaurios. En los Pirineos, en concreto, están estudiando la última franja, un período que va desde los 72 millones de años hasta los 66 millones de años, momento en el que cayó el meteorito. Precisamente la cercanía del tiempo que estudian con el momento de la extinción lo hace clave para resolver los interrogantes que todavía existen sobre este fenómeno.

En los Pirineos abundan los fósiles. Y es por ello que se ha creado el proyecto de Dinosaurios de los Pirineos.

La idea de Dinosaurios de los Pirineos nació hace ya más de 15 años, me explica Galobart, al darnos cuenta de que a pesar del gran potencial científico de los yacimientos faltaba el tema de la divulgación. Las piezas que se extraían se llevaban a Madrid, Barcelona o Sabadell, para estudiarse y exponerse allí (antes, cuando eran habituales los investigadores extranjeros, se llevaban a Europa) por lo que se quiso apostar porque se quedasen y se mostrasen en el mismo lugar donde se habían encontrado, como forma de devolver al territorio sus tesoros.

De esta forma el proyecto cuenta ahora con una red de diferentes museos repartidos en diferentes zonas de los Pirineos, cada uno especializado en un aspecto en concreto de los dinosaurios. Sería como si cada museo fuera una de las salas de un museo gigante dedicado a  los dinosaurios, sólo que las salas no están juntas sino repartidas a lo largo del territorio. Este museo gigantesco cuenta con dos grandes instalaciones: el Museo de la Conca Dellà, en Isona (Pallars Jussà), el espacio Dinosfera en Coll de Nargó (Alt Urgell), de las que es director Àngel Galobart. Se le suman el yacimiento de huellas de Fumanya, asociado al Museo de las Minas de Cercs, el centro de visitantes de Tremp y la participación de pequeños pueblos como Vilanova de Meià, entre otros.

La abundancia de yacimientos en los Pirineos es fruto de varias coincidencias: la existencia de aguas poco profundas que permitieron que los restos de animales fosilizaran y la erosión posterior que sacó estos sedimentos a la vista, pues de lo contrario hubieran quedado enterrados a metros o kilómetros de profundidad. Lo que ha salido a la luz corresponde al mundo del Cretácico superior o tardío, ya que una franja de sedimentos de esta época atraviesa Catalunya de este a oeste a la altura de donde se sitúan los Pirineos.

Los fósiles que se van recuperando de los diferentes yacimientos representan cada uno una pieza de un puzzle con el que los paleontólogos pueden ir reconstruyendo cómo eran los animales que vivían. Las icnitas de Fumanya, un yacimiento con 3500 huellas de dinosaurio, nos revelan las dimensiones y la velocidad a la que se desplazaban, además de aportar información sobre su comportamiento gregario. En Coll de Nargó los investigadores descubrieron en 2005 el nido de dinosaurios más grande de Europa. En tres años de excavaciones se extrajeron hasta 140 huevos de cinco puestas.  Algunas conclusiones a las que se llegaron fueron que los dinosaurios enterraban los huevos como lo hacen las tortugas, cubriéndolos de tierra para darles calor.

 

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Pero hoy el tema candente es el cuello del titanosaurio. Después de los análisis en el laboratorio, comparativas y análisis informáticos los investigadores del ICP acaban de presentar las conclusiones en el congreso de la Asociación Europea de Paleontología de Vertebrados: el titanosaurio de Coll de Nargó es una nueva especie. Galobart me confiesa que aún no sabe que nombre le van a poner. Me imagino que debe de ser un orgullo poder dar un nombre a una criatura tan especial. Porque este titanosaurio no fue sólo un gigante entre los gigantes, sino que además fue uno de los últimos que habitaron la Tierra. La peculiaridad de los yacimientos de los Pirineos es el hecho de que estén situados en las proximidades del límite K-T (Cretácico-Terciario), el que marca el final del Cretácico, y en una franja relativamente estrecha.

Estamos a tan solo a tres millones de años de la extinción de los dinosaurios. En términos geológicos, un lapso de tiempo muy breve. Esta circunstancia convierte a estos yacimientos en un retrato muy valioso del momento histórico en que la Tierra sufrió una de las transformaciones más importantes que se conocen.

Los años de estudio de los fósiles hallados en los Pirineos refuerzan la hipótesis de que la extinción de los dinosaurios no fue gradual como algunos creían, de que no estaban debilitados, sino repentina, como consecuencia del impacto del asteroide.

A mi salida del museo me entretengo en la sala de exposición. Hay una representación a escala real de un ejemplar de titanosaurio, un gigante que quizás creció demasiado. Cuando impactó el asteroide y causó el invierno nuclear que duró años, el 70% de todas las especies que habitaban la Tierra desaparecieron. Sólo animales pequeños con capacidad de guarecerse, de permanecer inactivos o vivir con pequeños requerimientos de energía sobrevivieron. Aprovecharon su oportunidad y ocuparon los nichos ecológicos que habían quedado vacíos. Entre los que sobrevivieron, estaban unos pequeños mamíferos que dieron lugar a los humanos.

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